A Cayambe

Para cantar las glorias de este girón bendito,
tierra de mis mayores, mirífico Cantón,
concédeme, ¡oh Apolo!, tu numen infinito,
y tú, ¡oh Poesía!, llena mi corazón.


Para ceñir su frente con lauros y arreboles,
dame, Ecuador, tu flora con todos sus paisajes,
el manto de tu cielo bordado de mil soles,
y los de tus montañas, olímpicos celajes.


¿Cúal es ese paraíso en la mitad del mundo,
regalo de los dioses que nos transporta el alma,
de eterna primavera y de suelo fecundo,
y de toda belleza, dechado, luz y palma?


En ese marco regio, ¿qué pueblo se levanta,
libre y altivo y noble, trabajador y honrado,
orgullo de la Patria que él ama y abrillanta,
y por la cual su sangre, heroico, ha derramado?


Cuando el traidor conflicto, por inmortal derecho,
de nuestro Oriente, cruento se empurpuraba el linde,
el peruano alevoso con arrogante pecho:
"muere, le dice, o ríndete”. Él le contesta altivo:
"EL CAYAMBEÑO MUERE, PERO JAMÁS SE RINDE".


Es el pueblo que nunca inclinó la cabeza,
sino ante Dios Supremo, la razón y el honor,
y todo lo que forma su gloria y su grandeza
que aureola su frente con nítido fulgor.


Este pensil del Ande que un gigante de armiño
guarda con heroísmo, orgullo y esplendor;
este suelo que roba todo nuestro cariño,
es CAYAMBE el edénico, cofre del Ecuador.


Bajo un limpio turquí, cual divina mirada,
con aires aromados de angelical aliento,
y la luz a torrentes de perenne alborada:
para un pueblo tan noble, un bello firmamento.


Y qué valle jocundo, qué suelo el cayambeño, 
coronado en trigales y frutos a granel;
mugidoras vacadas en praderas de ensueño,
y de sus campos manan ríos de leche y miel.


Qué pueblo el de Cayambe: sus varones valientes,
sus mujeres, hermosas como estrellas de amor;
el progreso y la gloria, sus anhelos fervientes
el trabajo, su senda, y su meta, el honor.


Oh prócero Cayambe, emporio de virtud,
que el cuerpo y el espíritu cultivas de tus hijos,
y a ellos se consagran sus maestros prolijos, 
para dar a la Patria, lozana juventud.


Decir tus atributos y dones a millares, 
en órfico derroche de lírico tesoro,
sólo Darío, el mago de la cítara de oro,
o Salomón con otro CANTAR DE LOS CANTARES

David E. Manangón

Cayambe, mayo de 1964

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