Editorial para el primer número del periódico “Juventud” Colegio Vicente León de Latacunga

Hermosa necesidad era para nosotros, estudiantes del colegio Vicente León, un palenque del pensamiento en que expresar nuestras inquietudes juveniles y nuestras aspiraciones de ecuatorianos.

En el ambiente benéfico, tranquilo y laborioso de nuestras aulas adquirimos aspiraciones infinitas, a través de las cuales contemplamos el sol del ideal ecuatoriano en el inmenso turquí de la esperanza que en estos momentos anima a nuestra Patria. Nuestra alma está pletórica, por lo mismo, quiere expandirse a las auras de la ciudadanía para deshojar hacia ella la flor de nuestro yo con la hermosura de la juventud y el perfume de la sinceridad.

Porque así es la juventud, todo impulso y todo, sinceridad, siempre en continua ascensión, con la mirada fija hacia el futuro, a conquistar el porvenir, de ahí que justamente es llamada la “esperanza de la Patria”. Estos son los propósitos de juventud; exponer con entusiasmo, con ardor abrileño nuestras ideas, nuestros conocimientos, nuestros anhelos de Progreso, cumpliendo nuestra noble misión de servir a la Patria, que es el imperativo categórico de todo ecuatoriano y más, si pertenece a la legión de la juventud.

Tanto más que los hijos del Cotopaxi y de la “Elegante pensil de los Andes”, los latacungueños, tenemos dos magníficos ejemplos a la superación, dos cumbres que nos llaman a las alturas. El Cotopaxi, eminencia física y el símbolo de una eminencia moral y, “Vicente León”, nombre que soberbiamente decora nuestro colegio. El titán que atalaya nuestra provincia se eleva enhiestamente sobre los demás que adornan nuestro suelo y está cubierto de perpetua nieve; Vicente León, hombre de conciencia y voluntad, se levanta sobre los demás ciudadanos a las regiones de la gloria y está cubierto con la albura del honor inmarcesible.

El fuego que el Cotopaxi encierra en sus entrañas es imagen del fuego de patriotismo que ardía en el corazón del excelso ecuatoriano. Alguna vez el gran iracundo andino lazó su lava para destruir, pero el gran filántropo latacungueño dio largamente sus caudales para construir su más precioso legado a la princesa del Cutuchi, nuestro colegio, el colegio “Vicente León”. Que él quiso que sea un faro que fustigue las tinieblas de la ignorancia con su séquito de males que amenazan a los pueblos que no se esfuerzan por superarse. Él quiso para Latacunga este templo de saber, en que Minerva reporta pródiga sus dones a los que a su altar se acercan, dones que a su vez son semilla de civilización y engrandecimiento para la República.

Parece que, con su obra de visión patriótica, Vicente León nos dijera: Jóvenes sabed que la educación “es la gesta más grande de la Tierra, porque sólo el espíritu eternamente dura” y luego continuad la obra en nuestra Patria, porque “las más grandes conquistas del arte y de la guerra, sin educar los pueblos, carecen de estructura”.

Vicente León, tu llamamiento eterno repercute en nuestro espíritu y continuaremos persiguiendo la noble conquista de la sabiduría por medio del estudio constante y decidido, para luego ser útiles a nuestra Patria en su gesta de civilización. Amamos a nuestro Colegio y nos sentimos orgullosos de pertenecer a él.

Jóvenes latacungueños y jóvenes ecuatorianos, simpáticos colegas de la República, viajan hacia vosotros estas primicias de nuestra cultura con el color con que bulle nuestra sangre juvenil y el entusiasmo que arde en nuestra frente primaveral. Recibidlas, pues van con la efusión de nuestra alma para vosotros.

Considerad; empero, que es obra de juventud y, como tal, puede tener muchas imperfecciones, con las que os pedimos seáis gentiles y las cubráis con el dorado manto de vuestra exquisita benevolencia.

David E. Manangón

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