A Juan Montalvo (Maestro ecuatoriano)

Maestro, a otra esfera me eleva, me fascina 
la explosión milagrosa de vivos resplandores 
que como al sol circundan a tu esencia divina 
y entretejen tu palio de mágicos fulgores.


Artista de abolengo y de blasón sagrado.
Conquistador supremo y rey de la belleza.
Augusto guía y nato de numen no igualado
que estremeciste al mundo con obras de grandeza.


Sublime idealista, tu pecho es sacra hoguera 
que el huracán no apaga no el odio ni el destierro. 
Tu fuego es del empíreo que en alto reverbera,
de llama es tu cerebro, tu voluntad de hierro.


La noble Democracia tu ariete es de guerra 
la libertad bendita tu lábaro triunfal
que paseaste airoso la americana tierra 
a los ecos un himno no usado inmortal.


Héroe de la leyenda rebelde Prometeo
la espada de tu idea, tu trueno de protesta 
el rayo de tu pluma de mortal centelleo 
derribó de tiranos la envanecida testa.


A duelo desafiaste y sentenciaste a muerte 
en pro del oprimido al bárbaro opresor
y no hubo quien resista a la embestida fuerte 
de tus ígneas espadas, ¡sublime luchador!


A tu saber profundo nada se escapa, nada
lo antiguo, lo moderno y aún lo porvenir
en tu cerebro inmenso de ciencia no igualada 
reuniste por tu genio y tu austero vivir.


Maravillosa abeja que en el vergel del arte
libaste lo más pulcro valioso e inmortal,
de la cultura humana tuya a la mejor parte
y en sus cumbres dominas cual águila caudal. 


Diurno por natura, Beethoven de la idea, 
tu pecho es Amazonas de épica poesía
por donde desborda de tu alma gigantea
el mar de lo sublime con ondas de ambrosía.


Alado cual cometa que apetece la altura
en tu ascender continuo cruzaste al infinito,
y desde allí eres astro de sin igual albura 
que iluminas tu senda de Genio y de Proscrito.


Tu pluma es vara bíblica que hace brotar raudales
y esparce la simiente del alma libertad;
tu pensamiento incendia la atmósfera en fanales 
y nace la república a nueva claridad.


Apóstol incansable de cívicas virtudes, 
hasta tu estilo vibra el ritmo de la acción
con que inflamaste el pecho de heroicas juventudes
y les diste tu espíritu y tu blasón.


Montalvo, me fascina, me eleva tanta alteza. 
Orgullo eres de América y del mundo el crisol 
y símbolo y dechado de perfecta grandeza
que a los ecuatorianos alumbras como el sol.

David E. Manangón

Quito, abril de 1938

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