Artículo publicado en la revista Cayambe, por el 10º aniversario de la Fundación del Colegio Nacional Cayambe.
Tres caminos, tiene que recorrer el hombre para llegar a la perfección, la única que proporciona la verdadera felicidad y que huye así del brillo del oro, del vértigo del poder, como del tóxico de la materia; o sea que esta dicha soñada por los mortales se fragua como si dijéramos en el crisol de tres laboratorios: la NATURALEZA, la EXPERIENCIA y el LIBRO.
Sí, ¡la Naturaleza! Aquel libro primero, abierto e infinito que nos brindara la Creación. Aquel libro maravilloso en el que se encuentra estampado el alfabeto de la realidad, en el que se escribe con la tinta de los mares, sobre líneas de cordilleras, horizontes y celajes, en la página sin límites del firmamento, con puntuación de estrellas y constelaciones y con la pluma ígnea del sol, gobernada con Prepotente mano.
¡Qué rico, qué inmenso, que arcano, qué hermoso el Universo!
Frente a él está colocado otro Universo no menos bello, aunque pequeño, el MICROCOSMOS, el hombre. El astro de su inteligencia no esplende menos que la esclarecida luminaria del día; su imaginación tiene tantos colores y paisajes como el múltiple panorama de los orbes; su sensibilidad no produce menos sacudimientos, tempestades y cataclismos que todos los Sangayes y Vesubios de la Tierra.
Pues este mundo pequeño se esfuerza por estudiar, por comprender al mundo inmenso, inconmensurable, porque, a no dudarlo, este posee lo que no tiene aquel: alma, inteligencia y corazón. Y nos encontramos ante un mundo más admirable, el mundo interno del hombre, iluminado por la razón, decorado pictóricamente por la fantasía con tintas más sonrosadas y polícromas que las de la aurora y del crepúsculo y movido por la fuerza incesante de su voluntad poderosa.
Pero, ¿qué ha sucedido? Un verdadero milagro: el beso de dos mundos, el Cosmos y el Microcosmos; un contacto eléctrico se ha operado; la Creación, la belleza objetiva, real y natural ha pasado por el crisol radiante de las facultades humanas y ha venido la Inspiración, la centella creadora que abraza al hombre y lo convierte en Dios. Este es el momento del “EUREKA” y del “DADME UN PUNTO DE APOYO Y LEVANTARÉ EL UNIVERSO”, de Arquímedes; el “EST DEUS IN NOBIS”, de Virgilio. El que hizo exclamar a nuestro Olmedo: “¿QUIÉN ME DARÁ TEMPLAR EL VORAZ FUEGO EN QUE ARDO TODO YO… QUIÉN ME LIBERTA DEL DIOS QUE ME FATIGA?”.
He aquí la belleza ideal llenando el alma del artista, del científico, del pensador.
Pero la naturaleza no es egoísta; cumple con la moral suprema: “BONUM SUI DIFFUSIVUM”, el bien que de suyo se difunde.
El pensador, el científico, el artista y, más aún si es poeta, siente irresistible necesidad de regalar a sus semejantes con productos de su ingenio, que el autor del Quijote lo llama “artos que colman el mundo de maravilla y de contento”.
He aquí la belleza realizada, he aquí la experiencia sistematizada, el pensamiento hecho vida, interpretando, sintetizando y dirigiendo los ideales y aspiraciones de la humanidad.
Una de las formas que tiene el hombre de transmitir a los demás sus inapreciables dones, es el LIBRO, la más maravillosa adquisición del hombre moderno, verdadera piedra miliaria que va señalando la ruta ascensional de las naciones en su victoriosa marcha hacia el progreso.
Y aquí nos encontramos en otro universo, el pequeño-gran Universo de los libros, esa atmósfera Celeste y escondida de los altos de espíritu, como dijera Amado Nervo; en medio de estas espigas de oro, en medio de este bosque de los poetas poblado de gorjeos y de perfumes; en medio de estos depositarios de la herencia de la Humanidad, ¿quién puede no sentirse feliz y quién no saldrá mejorado, edificado, entusiasmado, inspirado?
Querido joven estudiante cayambeño, joven ecuatoriano, ama el libro, frecuenta ese templo que atesora arcanos, símbolos y divinidades; ese lugar de silencio, laboratorio mágico donde se ilumina la mente, se afina el sentimiento y se fragua la voluntad que nimbará de gloria tu destino. Considera que, si la amistad se cifra en la lealtad, en la prontitud de servicio, en la sinceridad, en el desinterés, en la involubilidad, etc., los libros son los verdaderos y tal vez los únicos amigos del hombre.
David E. Manangón
Cayambe, 23 de julio de 1962