Discurso en la posesión del Nuevo Concejo Municipal de Antonio Ante.

Discurso enunciado durante la posesión como concejal municipal elegido del cantón Antonio Ante.

Atuntaqui, 24 de octubre de 1949

Noble pueblo de Atuntaqui y ciudadanos del Cantón Antonio Ante.

Quisiera no turbar vuestra digna atención en este solemne momento; mas, la circunstancia especial que rodea mi presencia como integrante de este honorable cuerpo edilicio, junto con la consideración que mereció en todos los aspectos de vuestro vivir ciudadano, me obligan a dirigiros unas pocas palabras y me es grato hacerlo a vosotros, hombres libres, dueños de vuestros destinos y aureolados por los supremos atributos cívicos de la unión y la democracia que es vuestro distintivo, a vosotros que habéis escogido el camino más seguro para llegar al Progreso; el trabajo y la fe en el porvenir.

Os habla un conciudadano, un modesto profesor que tiene la honra de contribuir a la educación de vuestra juventud, lozana y prometedora; habla un maestro que siempre ha ofrecido y ofrecerá, con cálido fervor, su pequeño grano de arena para el grandioso edificio del progreso, que airosa levanta al infinito esta tierra nobilísima, acogedora y floreciente, justo orgullo de la provincia y de la Patria.

A este alto honor y a esta grave responsabilidad que implica la dignidad edilicia en la que me ha colocado vuestra benevolencia, no he ambicionado llegar nunca, porque, y concretamente en este caso, sin falsa modestia, estoy convencido que en el cantón existe un personal con méritos para tan delicado cargo, y si yo he tenido que aceptar, ha sido por respeto a la majestad del pueblo.

Llego pues, sin ningún tipo de compromiso que, ni me lo han propuesto ni podría aceptarlo jamás, como no sea el grandioso, el patriótico, el sublime compromiso del bien de trabajar para el pueblo y el progreso de la colectividad.

Tengo un elevado concepto de la función municipal. Al cuerpo edilicio lo considero como al paradigma de las más bellas virtudes; como un esfuerzo constante de superación, de cultura, de comprensión, de fraternidad, de acatamiento a las supremas leyes del máximo bien colectivo. Sí, ilustre pueblo anteño, el municipio es la corporación que vela por nuestra seguridad en múltiples aspectos, que estudia nuestro pasado, presente y futuro, para aumento de nuestro bienestar común. No es una máquina para salvaguardar intereses personales o de grupo, ni siquiera del partido. No, mil veces no, el Municipio es del pueblo y, por lo mismo, cosa Sagrada.

Señores, he aquí la amplitud de criterio con que tomo asiento en esta honrosa curul, en consonancia con ideales patrióticos de mi simpatía, en los que aprendí a considerar como buenos a los que dan a los otros de su bien, de su paz, de su alegría y de su riqueza, y a los que todo esto lo dan en la buena palabra de la verdad y en la buena filantropía de la justicia, a los que se hacen todo para todos a fin de que ninguno viva con escasez de pan y de alegría; a los que no fascinan con programas ampulosos ni rimbombantes, a los que no adulan, engañan ni traicionan; a los que hablan siempre en palabras pocas, simples y claras; a los que iluminan y elevan a las muchedumbres con la mágica luz de la cultura, y no que ellos sean siempre rebaño, para ser ellos siempre pastores; a los que no hablan del espíritu con prescindencia del cuerpo, ni del cuerpo con prescindencia del espíritu; a los que no dejan de exclamar, como dulce Jesús, el misereor super turbam, y no dejan desfallecer de inanición el estómago vacío de las multitudes, mientras se les habla de la existencia del alma que nadie niega; en fin, a los que no se desentienden de las necesidades primordiales de esta vida so pretexto de que existe otra de la que estamos convencidos. Estos, entre muchos otros excelentes, son los ideales sociológicos, amplios, actuales, humanos y profundamente cristianos del histórico e ilustre partido en cuya simpatía me honro; criterio del que estoy seguro, participan y lo han llevado a la práctica y llevarán en adelante, todos y cada uno de los dignísimos colegas de Cámara.

Mas, para tan ardua labor, necesitamos apelar a vuestros mismos atributos cívicos, tal vez al más excelso de ellos, que felizmente lo poseéis en alto grado. Necesitamos cooperación, comprehensión, necesitamos sobre todo unión. Sí, vosotros sabéis los prodigiosos efectos que la unión produce en el desenvolvimiento de las colectividades, pues es la única que mejora la suerte de los pueblos. Si anhelamos, con todo derecho, triunfos y progreso, sabéis que todo es resultado de la unión y que sin ella nada que valga la pena se puede alcanzar. Mientras no estemos unidos nuestra existencia no será una promesa; la unión es la fuerza, la unión es la vida y es la luz, la unión es la felicidad. El Municipio y el pueblo atuntaqueño deben estar unidos, ya que no es una cosa aparte, no señores, el Municipio es el mismo pueblo que ha salido de su seno, debe ser su alma, su cerebro, su corazón. ¡Bendita y buena es la unión, la que junta a los pueblos en las lides del trabajo y en las justas del honor!

Vosotros sí sois unidos, habéis dado pruebas magníficas; me consta, lo han contemplado mis ojos, ha reflexionado mi mente, lo ha sentido mi corazón. Os admiro, os felicito, como que habéis hecho norma de vuestra vida la hermosa sentencia del inmortal autor de La victoria de Junín: “Unión, ¡oh pueblos!, para ser libres y jamás vencidos”.

Sí, ciudadanos anteños, practiquemos esta unión y no tardaremos en gustar de esos frutos halagadores y podremos exclamar con el poeta de todos los siglos: ¡Oh qué bueno y qué hermoso que los hijos de un mismo pueblo vivan unidos por idéntico ideal!

Gracias

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