Biografía de David Elías Manangón Cartagena

PRIMERA PARTE: Su infancia y estudios

“¡Qué firmamento y qué tierra la de Cayambe! No parece, sino que el mismo cielo, para alumbrar a Cayambe, da la luz a sus estrellas y que, en la infinita flora de sus campos risueños, que son niágaras de frutos, beben aromas mil las auras promisorias y nuestro Shiry oriental magnífico, bravo, indómito y brillante, ese gigante de armiño que custodia con amor de novio eterno a esta urbe floreciente que, como reina, decora este paraíso y es nuestra madre a quien amamos con la pasión y el orgullo de ser sus hijos”.

  Cayambe, 1904. En el barrio de Verdepamba, cerca del río de agua cristalina que inspiró mucha de su poesía, el río Blanco, vertiente directa del coloso y padre de su ciudad natal, el 19 de febrero, nació David Elías Manangón Cartagena en la casa de sus padres, Manuel David Manangón Espín y Dolores Cartagena Pullas. Estaba ubicada en la calle García Moreno, muy cerca al actual Parque Lineal.

A una persona como David, quien vivió con devoción y patriotismo como horizonte del hombre, no podía dejarlo indiferente la vida histórica del país al cual amó y sirvió desde las aulas. La transformación hacia el laicismo durante los gobiernos de Leonidas Plaza y Eloy Alfaro, durante su infancia y juventud, así como la continua modernización del país, seguramente lo influyeron a adoptar una posición humanista cristiana en su madurez.

Tuvo una formación religiosa que marcó su vida y pensamiento. Aprendió desde muy joven el latín y el francés, idiomas propios de la formación académica en el Seminario Menor “San Luis” y durante sus años de estudios teológicos en el Seminario Mayor “San José”, de la ciudad de Quito.

Aunque tuvo muchos hermanos (fue el séptimo de doce hijos), su relación con la comunidad en general le llevó a aprender quichua, propio de la población autóctona, hacia la cual sentía un especial afecto. Le gustaba mucho aprovechar cualquier ocasión para conversar con un nativo cayambeño.

Humanista por convicción, creía firmemente en el valor de la educación, la resiliencia y la perseverancia. Debido a dificultades económicas tuvo que abandonar sus estudios de Teología en el Seminario Mayor al cuarto año de carrera, con tres años aprobados. Pero un hombre con su educación y capacidades no se iba a quedar de brazos cruzados y emprendió una nueva etapa en su vida a sus 23 años.

SEGUNDA PARTE: Empieza su carrera docente

David E. Manangón Cartagena

Movido por su formación en pedagogía marista y filosofía escolástica, decide convertirse en un hombre de letras. Esto lo lleva a prepararse como educador en el Normalista Juan Montalvo de la ciudad de Quito. Paralelamente, inicia sus primeros años como profesor en el año 27, en escuelas rurales en Conocoto y Amaguaña, respaldado por sus amplios conocimientos sobre literatura clásica latina, pedagogía, psicología y teología, además del dominio de idiomas como el latín, el francés, el quichua y el español, así como un buen nivel de griego.

Se graduó como preceptor normalista el 11 de septiembre de 1930 y continuó con la docencia en la escuela República de Argentina, ubicada en Uyumbicho, donde llegó a ser director. En el año de 1936 comienza sus estudios en el Instituto Superior de Pedagogía de Quito, donde profundiza sus conocimientos acerca de psicología aplicada, filosofía escolástica, lógica, ontología y cosmología e inicia la lectura y traducción de la obra del célebre Marco Tulio Cicerón, acerca del cual escribió su tesis de grado, a la cual tituló: Cicerón, maestro de la elocuencia.

Según una carta del año 51, inició como maestro de secundaria en 1939. Trabajó en el colegio Normal Juan Montalvo, donde, hacía más de una década, se había preparado como preceptor. Pero su sueño era servir como docente en su tierra natal y en esa época aún no había un colegio nacional en Cayambe. Fiel a sus principios, no se amilanó y continuó su labor como docente durante cinco años más en Quito, hasta que, debido a contrariedades a nivel profesional, además de algunas desavenencias y calamidades familiares, toma la decisión de mudarse a Latacunga y vivir por primera vez lejos de su familia y su tierra. Sería docente en el colegio Vicente León, Institución de renombre en la provincia de Cotopaxi.

TERCERA PARTE: Vida en Latacunga

El contacto que tuvo desde muy niño con el campo y el nevado, despertó su amor por la naturaleza y su inclinación por la meditación filosófica. Acostumbraba escribir en una serie de diarios y cuadernos. En una entrada del 14 de octubre de 1944, relata el viaje desde Quito y cómo fueron sus primeros días en Latacunga.

“…como si se tratara de mi destino, tomé el directo hacia la ciudad de Vicente León, no sin alentar en mis adentros una remota curiosidad de penetrar en la ciudad acariciada por el juvenil Cutuchi. Viaja conmigo la única persona que poseo en la Tierra como positiva compañía, mi hermanita Rosario, quien, con arrojo y sacrificios económicos, insistió con bondadosa espontaneidad para acompañarme”. […]

“La locomotora, en su carrera, larga penachos cada vez más densos, de humo, empieza el desfile de paisajes caracterizados por ese verde tan grato al alma y que ha mucho tiempo añoraban mis sentidos. Llanuras de Turubamba, manchadas de trigo segado, verdes colinas de Santa Rosa, planicies de Tambillo empedradas de eminencias diminutas que dialogan como sombras de esmeralda, aureoladas por el sol.  Alóag, con su cierzo helado, se nos cuela a la ventana, luego Machachi nos saluda, oculto entre el follaje de altos eucaliptos”. […]

“Algunos jadeos más del Coloso de acero y estamos en Lasso, donde, entre otras cosas, le ofrecen al pasajero, huevos tibios y duros.  Pasa un rápido rugido del tren y llegamos a Guaytacama […], a continuación, observamos una verde planicie y arroyos numerosos, nos dijeron que era la Hacienda Avelina, de los señores Plaza. Desde ese momento las señoritas comenzaban a pintarse los labios y blanquearse el rostro, señal de que estábamos próximos a Latacunga, final de nuestro viaje. Sentimos la emoción de que íbamos a afrontar lo desconocido y nos sentimos desterrados por primera vez”. […]

“… domingo, no tuvimos otra idea que conseguir alojamiento seguro. Como nueva providencia, encontramos al amigo, Abad, quien, con una amabilidad especial se gastó toda la mañana en acompañarnos a buscar la pieza que, cosa rara, en Latacunga es más difícil encontrarla que en Quito. Al fin encontramos una, oscura, frente al Colegio. Por el apuro tuvimos que aceptarla”.

“Estábamos arreglándola a la velocidad posible, cuando el fatal pitido del tren nos hizo suspender todo automáticamente, para volar a la Estación, que está a una considerable distancia. Era ya llegado el momento de una real separación con mi familia, representada por mi hermana, Charo; pero no había sino hacerse valiente y no dar curso al sentimiento”. […]

“Pitadas finales que parecen al mismo tiempo largas y cortas […]; resopla la bestia enorme; se mueve; se va mi hermana, se va toda mi familia […]”.

“El único remedio fue consagrarme a mis deberes. Me decidí a preparar con perfección mis primeras clases y una alocución muy cordial a mis alumnos. Sería por estas precauciones o por buena suerte o recomendable índole de los alumnos, es la verdad, que recibí gradualmente la impresión de un muy buen alumnado”.

Queda fascinado por la arquitectura y limpieza de la ciudad, enamorado de sus parques y plazas. Trabaja con entusiasmo con la comunidad educativa, funda el periódico estudiantil, Juventud, con los alumnos del Vicente León. Continúa con la preparación de su tesis y sus estudios, especialmente de filosofía escolástica. Para finales del año 46 entrega su tesis concluida. Continúa su labor docente, pero tiene un incidente con el rectorado, debido a que no quería involucrarse en temas referentes al laicismo, que iban en contra de su formación católica.

Terminados sus estudios en el Instituto Superior de Pedagogía de Quito, con su título como profesor de enseñanza secundaria y la firme convicción cívica de servir a sus coterráneos, busca retornar lo más cerca de su primer hogar y empieza conversaciones para trabajar en Atuntaqui. En el último trimestre del año 47, comienza su labor docente en el entonces denominado, Colegio 28 de mayo, que para julio de 1948 cambia su nombre al de Abelardo Moncayo. Durante esa época conoce y se enamora de una joven cayambeña, Mariana de Jesús Jarrín Maldonado. Con quien se plantea formar una familia. Se casaron en una ceremonia sencilla y sin fiesta porque acababa de fallecer la abuelita de Mariana (mamita Encarnación, como la llamaban, según cuenta su hija Zorayda) y por decoro no se vería bien que se haga una fiesta cuando había duelo en la familia. Luego de la ceremonia, fueron de Luna de Miel a la ciudad de Baños de Agua Santa.

CUARTA PARTE: Matrimonio, familia y vida en Atuntaqui

Profesor David Elías Manangón Cartagena

 Para el año de 1948, ya casado, radicado en Antonio Ante y, como profesor del flamante colegio Abelardo Moncayo, imparte la cátedra de Literatura castellana y francesa. Como era de su costumbre, trabaja con una actitud proactiva, tanto dentro como fuera de las aulas, cualidad que lo convierte en un notable referente dentro de la comunidad educativa. Escribe el himno oficial del colegio y colabora muy de cerca con el cuerpo directivo de la Institución, con exposiciones y alocuciones que buscaban mejorar las condiciones educativas.

Fue un hombre con profundas convicciones cívicas. Sus años de preparación y dominio de los clásicos latinos, retórica, leyes canónicas y política, lo facultaron para asumir un cargo como edil en el Concejo Municipal de Antonio Ante. Es así que, en octubre del año 49, asume el cargo de concejal y es nombrado vicepresidente del Concejo municipal. En su discurso de posesión el 24 de octubre de ese año, alude a uno de los principios que marcaron su brújula moral, la dignidad humana universal y con ella, la libertad individual, junto con la primacía de la felicidad humana como algo esencial y acorde con los principios de las enseñanzas de Jesús. El pensamiento proveniente del Humanismo Cristiano, adoptado durante los años en que estudió sobre la biblia y escolástica tomista en el Seminario Mayor, forjó su ideal político: la unión de la comunidad, que el Estado no tiene otro fin que asegurar el bien común; tiene que ser distinto a la suma de los intereses particulares; el deber del Estado es la justicia. El poder político se legitima si está al servicio del hombre.

[…] “Señores, he aquí la amplitud de criterio con que tomo asiento en esta honrosa curul, en consonancia con ideales patrióticos de mi simpatía, en los que aprendí a considerar como buenos a los que dan a los otros de su bien, de su paz, de su alegría y de su riqueza, y a los que todo esto lo dan en la buena palabra de la verdad y en la buena filantropía de la justicia, a los que se hacen todo para todos a fin de que ninguno viva con escasez de pan y de alegría; a los que no fascinan con programas ampulosos ni rimbombantes, a los que no adulan, engañan ni traicionan; a los que hablan siempre en palabras pocas, simples y claras; a los que iluminan y elevan a las muchedumbres con la mágica luz de la cultura, y no que ellos sean siempre rebaño, para ser ellos siempre pastores; a los que no hablan del espíritu con prescindencia del cuerpo, ni del cuerpo con prescindencia del espíritu; a los que no dejan de exclamar, como dulce Jesús, el misereor super turbam, y no dejan desfallecer de inanición el estómago vacío de las multitudes, mientras se les habla de la existencia del alma que nadie niega; en fin, a los que no se desentienden de las necesidades primordiales de esta vida so pretexto de que existe otra de la que estamos convencidos. Estos, entre muchos otros excelentes, son los ideales sociológicos, amplios, actuales, humanos y profundamente cristianos del histórico e ilustre partido en cuya simpatía me honro; criterio del que estoy seguro, participan y lo han llevado a la práctica y llevarán en adelante, todos y cada uno de los dignísimos colegas de Cámara.

Mas, para tan ardua labor, necesitamos apelar a vuestros mismos atributos cívicos, tal vez al más excelso de ellos, que felizmente lo poseéis en alto grado. Necesitamos cooperación, comprehensión, necesitamos sobre todo unión. Sí, vosotros sabéis los prodigiosos efectos que la unión produce en el desenvolvimiento de las colectividades, pues es la única que mejora la suerte de los pueblos. Si anhelamos, con todo derecho, triunfos y progreso, sabéis que todo es resultado de la unión y que sin ella nada que valga la pena se puede alcanzar. Mientras no estemos unidos nuestra existencia no será una promesa; la unión es la fuerza, la unión es la vida y es la luz, la unión es la felicidad. El Municipio y el pueblo atuntaqueño deben estar unidos, ya que no es una cosa aparte, no señores, ¡el Municipio es el mismo pueblo que ha salido de su seno, debe ser su alma, su cerebro, su corazón la que junta a los pueblos en las lides del trabajo y en las justas del honor!”. […]

Mientras estas palabras fueron pronunciadas ante el concejo municipal, su esposa se encontraba a pocos meses de dar a luz a su primogénito. El 2 de enero de 1950, nacía Manuel David Manangón Jarrín, llamado así en honor a su padre. Fue una época ajetreada, el recién nacido, el trabajo en el colegio y en el concejo; pero eso no impidió que cumpliese con todas sus responsabilidades a carta cabal. Es por eso que, debido a la destitución del presidente del concejo municipal, y como vicepresidente del mismo, asume el cargo interino en el año de 1951.

Ese mismo año, uno de sus anhelos personales se le presenta. Se entera que el primer colegio nacional en Cayambe se fundaría el siguiente año, por lo que se dirige al ministro de educación de la época, solicitando una plaza como docente en su ciudad natal. Pero la vida no nos lo concede todo al mismo tiempo, aún tendrán que pasar algunos años y enviarse varias solicitudes para que pueda servir en su ciudad. Mientras tanto, seguía cumpliendo sus obligaciones en el Municipio y en el Abelardo Moncayo. Termina sus funciones como edil de Atuntaqui en el año 52 y continúa únicamente con su carrera como profesor.

El 11 de junio de 1954 nacen sus mellizos. Leonardo Felipe y Oswaldo Enrique. La familia crecía, así como el deseo de criarlos en su amada Cayambe, año tras año insistía al representante del ministerio de educación por un merecido puesto en el Nacional Cayambe. Fue un excelente profesor, con cualidades y capacidades extraordinarias para enseñar. Así lo corrobora su cuñado, Eduardo Jarrín, quien en sus épocas estudiantiles fue pupilo de David.

Fue sumamente persistente y creía en las recompensas de la perseverancia. Durante esos años también colaboró con denuedo en la vida cultural de Cayambe. Siendo un poeta con experiencia, así como un conocedor de la métrica, el ritmo y la rima, un ciudadano notable, amante de su gente y un orador elocuente, le entrega a su ciudad natal su himno oficial el 23 de julio de 1957.

Es así que el himno queda impreso y marcado en el corazón de los cayambeños, que lo cantan con patriotismo desde esos días.

CORO
Cayambeños con noble civismo
entonemos un himno de gloria,
coronando en laurel de victoria
la alba frente de nuestro Cantón.

ESTROFAS
I
Tierra hidalga, jirón del Pichincha,
paraíso encantado del Ande,
pueblo altivo muy noble y muy grande
rica joya del bello Ecuador.

II
Es tu suelo un emporio de frutos
sobre alfombras de flor y esmeralda,
y orgulloso el Cayambe en su falda
guarda heroico tu regio esplendor.

III
Ese sol que tu monte aureola
el ideal de tus hijos proclama,
y en tu cielo de azul, oro y llama,
ostentamos el gran tricolor.

Definitivamente, un hermoso himno que sintetiza los valores y calidad del pueblo cayambeño, su gente y su rica tierra. Compuesto con una delicada cadencia provista por el cuidadoso uso de los acentos, su ritmo es propio de los mejores himnos.

Los días de regresar a su ciudad natal estaban próximos. El 13 de enero de 1958 nace su cuarto hijo, Milton Fabian. Ese mismo año recibe la confirmación por parte del Ministerio de Educación de que asumiría un cargo como docente de secundaria en el Nacional Cayambe el año lectivo entrante, su eterna perseverancia rindió sus frutos. Con enorme alegría y numerosa familia, retorna a la tierra de sus amores, la que lo vio nacer y crio en sus años de infancia, el nevado y el río, la naturaleza, el verde campo con su rutilante sol, la leche fresca y los bizcochos, su gente, su familia. Regresa a pasar sus años de madurez en su adorada Cayambe.

QUINTA PARTE: Retorno a Cayambe

Ya terminada su carrera universitaria, con casi treinta años de experiencia como docente y una técnica depurada para la enseñanza, asume su tan anhelado puesto como profesor de Literatura y Castellano en el Colegio Nacional Cayambe. Además, ocupó cargos en la directiva de la Institución durante varios años.

Jamás abandonó la práctica de la oratoria y la lectura en voz alta, escribía permanentemente, como ejercicio para preparar sus clases y en discursos, ensayos y artículos sobre diversos temas como: ontología, civismo, equidad, educación, política; por supuesto, continuó escribiendo poesía. Fue un hombre sensible hacia la belleza de la creación, la naturaleza, en especial el nevado. Un poema de junio de 1960 alaba al Cayambe

Al Cayambe

Shiry bravío, indómito y brillante
Gran Faraón que consultas tus sueños
En tu lecho de auroras y de soles,
De lluvias de tormenta y de nieves.

Tu majestad se impone en la comarca.
Todos te miran con respeto y miedo,
Pues en tus manos tienes la borrasca,
La luz del día y pulcritud del cielo.

También eres consuelo y esperanza
Del valle en que dominas señorial;
Eres la puerta blanca hacia el Oriente
Del Ecuador la tierra prometida.

Símbolo de paz y de trabajo
Augurio de progreso y bienestar.
Ese manto de armiño y poesía
Coronado del astro de esplendor
Es reflejo del alma cayambeña,
Esforzada, sublime e impoluta,
Emporio de virtudes y nobleza
Y que inflama el amor de Patria y Dios.

Era un hombre convencido de que la democracia debía construirse con la participación cívica de los ciudadanos. Aunque no volvió a ocupar un cargo político, participaba en las sesiones del municipio, así como participó de lleno con la Sociedad Obrera fomentando la práctica del deporte, el arte y la música como herramientas de unidad y fomento del progreso.

Su formación en metodología y pedagogía, así como un amplio conocimiento de psicología aplicada le permitió educar a sus hijos de una manera particular y especial, sobre todo tomando en cuenta los métodos de educación acostumbrados en la época.

En el año de 1964, un 23 de diciembre, nace su primera hija, Zorayda de los Ángeles. Venturoso y satisfecho tras los buenos años de su vida, recibe a su pequeña niña con felicidad en su hogar. Y tres años después a su último hijo, Tarsicio Ovidio, el 3 de septiembre de 1967. Llamado así en honor al mártir San Tarsicio de Roma y a Publio Ovidio Nasón, poeta latino. Su amado hijo, quien lo acompañaría a todos lados. Fue un hombre de familia y amante del campo. Adquirió una propiedad en las afueras de Cayambe en el que cultivó maíz.

Ya con 63 años de edad y 40 de servicio docente, sintiéndose satisfecho del trabajo realizado, se plantea la jubilación para dedicarse a su familia, a la lectura y la meditación. Obviamente, no dejaría de servir a su comunidad.

SEXTA PARTE: Jubilación

Para los años de su jubilación, compró una casa ubicada en la calle 24 de mayo y Terán. Muy cerca del barrio que lo vio nacer, Verdepamba. Emprendió un par de negocios administrados principalmente por su esposa, Mariana. Pero, al ser un hombre comprometido con las letras y la incansable necesidad de aprender, los negocios no fueron su prioridad. Lo fue la educación de sus hijos y su propia educación.

Su hija, Zorayda, cuenta que cuando era pequeña, a su padre le encantaba hacer pequeñas competencias de lectura entre sus hijos. Así, les enseñaba a leer proyectando la voz, puntuación correcta, modulación de las palabras, entonación, etc. Para ella eso era divertido porque lo tomaba como un juego, no se daba cuenta que su padre usaba ese método para enseñarles a leer correctamente, lo cual les ayudaba para el desenvolvimiento en público. Con el pasar de los años, cuando se le presentó el desafío de hablar en público durante su corta carrera de profesora de Castellano en Estados Unidos, pudo hacerlo bien. Más tarde, le pidieron que pronunciara las lecturas en su iglesia, tendría que hacerlo todos los miércoles en un idioma que no es el suyo, en inglés. Al principio dudó, especialmente cuando los oyentes eran totalmente angloparlantes, pero en honor a su padre aceptó el reto casi inmediatamente y sin pensar mucho. Cuenta que cuando practicaba, iba recordando las enseñanzas de él sobre cómo realizar una lectura correcta. Al final todo salió muy bien, es más, recibió algunos elogios de los oyentes. Entonces, eso le hizo pensar que las semillas de los dones las pone Dios, primero en nuestros corazones, pero luego son los padres quienes las fomentan, las fortifican, las hacen florecer. Aprendemos de ellos y luego, cuando es nuestro turno de ser padres, pasamos a nuestros hijos esos mismos valores. Ella le agradece a su padre por haber fomentado en su corazón el amor al aprendizaje.

Es importante recordar que David fue un hombre que estudió la biblia y temas referentes a cuestiones filosófico-teológicas desde muy joven, comenzando con su formación en el Seminario Menor San José. Aunque fue un hombre religioso, un erudito y católico, se identificaba con los antiguos valores seculares. Creía en una visión integra del Nuevo Testamento basada en su estudio profundo y detallado, las virtudes teologales, la necesidad de la gracia divina y la razón. Probablemente estaba alineado con los pensamientos del humanismo cristiano, nacido de principios ontológicos de la escolástica. Esta postura integra al ser humano en materia y espíritu.

Además, no se alejó demasiado de su rol en la enseñanza, preparando a jóvenes estudiantes para pruebas de ingreso al colegio o la universidad. También escribiendo discursos, himnos y poesía. El 23 de julio de 1973, emocionó a sus conciudadanos con el poema A la ciudad de Cayambe, soneto exclamado con su característica facultad para la oratoria durante la sesión solemne por el aniversario del Cantón en el Salón Municipal de Cayambe.

A la ciudad de Cayambe

Gentil princesa andina, ciudad ensoñadora, 
te miras en tu espejo de cristal estrellado
 junto al coloso Shiry, tu eterno enamorado 
deslumbrante de plata que el Inti Padre dora.


Con manto de arreboles, el Ocaso y la Aurora 
orlan tu esbelto talle. Tu rostro iluminado
es el crisol del alma, y espléndido dechado
de tus hijos que te aman como a Reina y Señora.


Urbe del cielo azul en la mitad del mundo, 
por todo el horizonte se expande tu belleza, 
y el firmamento teje corona de luceros

para enjoyar tu frente altiva de realeza.
y cuantos a ti vienen se quedan prisioneros 
de tu cordial afecto patriótico y profundo.

 En el año de 1976 escribe el himno al SECAP, anteriormente había escrito el himno a la escuela Remigio Crespo Toral y en 1977 le entregó su himno al célebre colegio de señoritas, Natalia Jarrín, al cual pertenecía como padre de familia. Inclusive se realizó una sesión solemne, en la cual recibió un diploma en reconocimiento a los múltiples méritos intelectuales puestos al servicio de la juventud que se educaba en dicha institución.

Pero no todo fue felicidad. Su salud se había deteriorado a causa de la presencia del cáncer. Aunque siempre fue un hombre alegre y cercano a la gente, perseverante y lleno de esperanza, no pudo ante la adversidad más grande que le traería la vida. El 15 de marzo de 1977, mientras se encontraba en Quito preparando a su sobrino, Marco Antonio, hijo de su hermana Rosario, recibe la fatídica noticia de que su hijo menor, Tarsicio, había fallecido en un lamentable acontecimiento dentro de casa. Nunca pudo ser el mismo, no aceptaba la pérdida de su hijo en la flor de la vida. En una disertación que pronunció durante la colocación del epitafio de Tarsicio, a los seis meses de su muerte, hace una paráfrasis de un poema del español José Selgas.

La casa vacía

Un día, hoy seis meses,
a mi humilde hogar
viendo que Tarcisio
era uno como ellos 
y antes que se marche
desde el alto cielo
bajaron los ángeles,
besaron su rostro
y murmurando a su oído dijeron
vente con nosotros.
Vio el niño a los ángeles
de su casa en torno
y extendiendo los brazos les dijo:
“Me voy con vosotros”.
Y volviendo el niño
a este mundo triste
sus ojos de cielo
dijo conmovido
de inmensa ternura:
“Adiós, mis queridos,
mis padres y hermanos
y mis familiares,
y a todos; ¡Adiós!
Adiós hasta vernos
en la eternidad”.
Batieron los ángeles
sus alas de oro
suspendieron al niño en sus brazos
y se fueron todos. 
De la aurora pálida
la luz fugitiva
alumbró a la mañana siguiente,
su casa vacía.

 SÉPTIMA PARTE: Legado

El 7 de agosto de 1979, aproximadamente a las 2 de la tarde, a solas con su hijo, Fabian, y después de aconsejarle con unas últimas palabras en latín, seguramente contemplando la cercanía de la muerte, David Elías Manangón Cartagena fallece a causa de un cáncer de colédoco, en una cama de su casa, en su amada ciudad. En paz, como vivió también ahora descansa. El joven hijo llamó al resto de la familia, que se encontraba cerca. La huella de un ilustre cayambeño que amaba a su comunidad, que creía en la humanidad y su oportunidad de superarse a través de la disciplina y el trabajo, dejó como legado una obra diversa entre la que encontramos: importantes himnos como el de la ciudad de Cayambe, al colegio Abelardo Moncayo, a la escuela Remigio Crespo, al SECAP y al Natalia Jarrín, varios diarios, algunas crónicas, su tesis y estudios sobre la obra general de Marco Tulio Cicerón, ensayos, artículos y discursos sobre política, educación, filosofía y teología, así como sus cuadernos de trabajo y selecciones de poesía y literatura que usó para dar cátedra y representan verdaderos documentos de texto, se mantiene inédita hasta la fecha en casi su totalidad, con excepción de algunos artículos publicados en revistas y semanarios.

A su funeral asistieron representantes de varias instituciones en las que trabajó y con las que colaboró a lo largo de su vida. Fueron varios días de velorio para permitir que todas las delegaciones se acerquen a extender sus condolencias.

En junio de 1993 se develó un busto como reconocimiento por ser el autor del himno de la ciudad, a esta ceremonia pudieron asistir sus hijos varones y su viuda. El discurso de orden fue pronunciado por su hijo mayor, Manuel David.

En el museo arqueológico de Cayambe se ha reservado un espacio para exhibir una pequeña semblanza de su vida y obra; sin embargo, sus escritos no han sido publicados hasta la fecha.

Cima y Sima

Aplicación, disciplina,
docilidad, atención,
deberes, buena lección,
distinguen al que camina
en pos de gloria y blasón.


Pero el joven indolente
y ocioso, y terco, y locuaz,
solapado e insolente,
no puede nunca jamás
ceñir lauros en su frente.

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