Puede considerarse a Fuenteovejuna como la mejor producción dramática de Lope de Vega.
Apareció impresa por primera vez en 1619. El hecho que se dramatiza en Fuenteovejuna y quedó fijado para la eternidad es rigurosamente histórico. Figura en La Crónica de las tres órdenes militares de Rades y Andrada y lo transcribió Menéndez y Pelayo en el quinto volumen de sus Estudios sobre el teatro de Lope de Vega. Su personaje real, como en la obra, fue Don Fernán Gómez de Guzmán, Comendador Mayor de Calatrava, residente en Fuenteovejuna. Dice textualmente la crónica histórica, “hizo tantos y tan grandes agravios a los vecinos de aquel pueblo, que, no pudiendo ya sufrirlos ni disimularlos, determinaron todos de común consentimiento y voluntad alzarse contra él y matarle. Con esta determinación y furor del pueblo airado, con voz de Fuenteovejuna se juntaron una noche del mes de abril del año 1476 los alcaldes, regidores, justicia y regimiento con los otros vecinos y con mano armada entraron por fuerza en las casas de la Encomienda mayor donde el dicho Comendador estaba. Todos iban diciendo: ‘Vivan los reyes Don Fernando y Doña Isabel y mueran los traidores y malos cristianos’”. Esta es la fidedigna e impresionante crónica.
En esta obra como también en Peribañez y el Comendador de Ocaña; y El mejor alcalde, el rey, lo histórico se alía con cierta intención ética filosófica. En las tres se plantea un conflicto parejo, común en España durante los siglos XIV y XV: la lucha del pueblo contra los nobles y la de éstos contra los reyes. El pueblo oprimido con la tiranía feudal de los nobles, tiende a auparse en el regazo todavía patriarcal de los reyes. El pueblo manifiesta violentamente su derecho, todavía no a la libertad, pero sí al trato digno: la autoridad arbitraria es vilipendiada y atacada, ofreciéndose, en cambio otra lucha, no enteramente de justicia, mas sí de comprensión. Importa dejar claramente establecidas estas distinciones, evidentes, por lo demás, en Fuenteovejuna, a fin de evitar interpretaciones que presenten al pueblo justiciero como una turba arrolladora de toda autoridad. Aquel pueblo se alzaba contra la arbitrariedad vejatoria de su honor y su hacienda, pero no contra la autoridad defensora de sus derechos, representada a la sazón por el poder real.
El drama es de una profunda lógica dentro de la historia: los vecinos de Fuenteovejuna dan a su pleito la única solución jurídica y democrática entonces posible. Si solo pensáramos que se trata de un cambio de señores y que la villa aclama a la autoridad que, con bárbara tozudez, desgarra las carnes de sus habitantes, entonces nos parecerá poco motivada aquella grandiosa conspiración.
Fuenteovejuna es el primer drama multitudinario, una verdadera conspiración del Teatro de masas que postulan, bajo los vientos soviéticos, los teorizantes del Realismo socialista.
Opinión insuperable de Menéndez y Pelayo: “en Fuenteovejuna, lo que presenciamos es la venganza de todo un pueblo; no hay protagonista individual, no hay más héroe que el demos, el Concejo de Fuenteovejuna. Cuando el poder real interviene es solo para sancionar y consolidar el hecho consumado”. No hay obra más democrática en el teatro castellano, con la tumultuosa y desbordada furia de las revueltas anárquicas que iluminaron con siniestra luz las postrimerías de la Edad Media y los albores de la Moderna. En Fuenteovejuna, el alma popular, que habla por boca de Lope, se desató sin freno y sin peligro, gracias a la feliz inconsciencia política en que vivían el poeta y sus espectadores. Hoy, el estreno de un drama así promovería otro drama, este de orden público, que acaso terminara a tiros en las calles. Tal es el brío, la pujanza, el arranque revolucionario que tiene; enteramente inofensivo en Lope, pero que transportado a otro lugar y tiempo, al pasar al nuestro, desaparecida esa feliz inconsciencia política, las representaciones de Fuenteovejuna no solo en la Rusia zarista, sino también en la soviética, en la Alemania de Weimar y en la España de la Segunda República, terminarían no a tiros en las calles, pero sí servirían para arrebatar a las muchedumbres y exaltar su fervor justiciero.
David Manangón Cartagena.