Apreciación literaria de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca

La vida es sueño pasa por la obra maestra de Calderón y lo es sin duda, si se atiende al vigor de la concepción. No hay concepción tan grande en ningún teatro del mundo. No solo una sino varias tesis están allí revestidas de forma dramática; primera, el poder del libre albedrío, que vence al influjo de las estrellas; segunda, la vanidad de las pompas y las grandezas humanas y cierta manera de escepticismo en cuanto a los fenómenos y apariencias sensibles; tercera, la victoria de la razón iluminada por el desengaño sobre las pasiones desencadenadas y los apetitos feroces del hombre en su estado natural y salvaje. La vida es sueño es cifra de la historia humana en general y de la de cada uno de los hombres en particular. 

Segismundo es lo que debía ser, dado el propósito del autor, no un carácter sino un símbolo. No es escéptico como Hamlet: la tesis escéptica no es aquí más que provisional, y cede ante una tesis dogmática más alta; la razón doma a la concupiscencia; la fe aclara y resuelve el enigma de la vida humana. El Segismundo bárbaro de la primera jornada reprime (un poco de prisa es verdad, pero ya se sabe que el desarrollo artístico en Calderón peca de atropellado) su fiera y brava condición, hasta convertirse en el héroe cristiano de la tercera jornada. El mismo autor nos dio la clave del simbolismo en un acto titulado también La vida es sueño, donde se generaliza y toma carácter universal y abstracto la acción de la comedia. El protagonista es el hombre que con su libre albedrío despeña al entendimiento, y cae en el pecado original, regenerándose luego por los méritos de la sangre de Cristo y por el valor de sus propias obras, ayudadas por la divina gracia.

Todas las bellezas de la obra de Calderón, le pertenecen a él solo. ¿A qué apuntan los pocos lunares que le afean? Sobran sin duda las aventuras de la doncella andante que va a Polonia a vengarse de un agravio; y no son modelos de dicción las famosas décimas, aunque lo sean algunos monólogos de Segismundo. 

Valbuena Prat dice: “[…] a pesar de las objeciones que pueden presentarse […] esta obra es la cima de todo el teatro europeo de la época.

Es de tal magnitud la figura de Segismundo, que excede los límites de la escena, y él por sí se incorpora y expresa un drama eterno que no necesita para plantearse el concurso de otra persona. La torre y el reino, Clarín y Rosaura, son accidentes necesitados por la evidencia escénica. Si Segismundo se expresara en monólogos o el autor lo hubiese tratado en forma poemática, su drama no sería menos grande, como que es íntimo y de conciencia, nacido de la angustia metafísica sobre el valor incierto de la vida.

La belleza principal de La vida es sueño estriba en el carácter de Segismundo, carácter singular y de una singularidad osada, centro al que convergen todas las escenas y del que parte la animación, lo terrible y lo cómico del drama. 

La vida es sueño se representó en 1635, el año de la muerte de Lope de Vega. Coincidencia notable, porque la obra de Calderón es fronteriza con el poeta de su precedencia, y en ninguna mejor podríamos verificar cómo el mundo poético calderoniano empieza donde el lopista acaba. 

David Manangón Cartagena

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