San Juan de la Cruz

Este es el poeta por quien pensábamos poner en duda el principado de Fray Luis en la lírica española, Juan Yépez Álvarez (1542- 1591), que al ingresar en la orden de los Carmelitas se llamó Fray Juan de la Cruz, es seguramente el poeta más alto de toda la literatura española y no habrá muchos que le aventajen en la literatura universal.

Estudió en Salamanca y esto es lo que permite incluirle en el grupo salmantino, al que asegura el valor que hemos dicho. Por lo demás, la lírica es tan independiente y personal que no reprocharía a quien lo pusiese aparte, en nombre, como unidad solitaria. Sus cuatro composiciones inmortales son:

1) La Subida al Monte Carmelo. Síntesis de la vida espiritual, desde que el alma sale en busca del amado divino hasta que descansa en sus brazos.

2) El Cántico Espiritual entre el Alma y su Esposo. Uno de los mayores milagros que ha producido jamás la poesía. Son 200 versos (40 liras, que empiezan también por la angustiosa búsqueda del Amado y acaban en su gozosa posesión).

3) La Llamada del Amor Viva. Son solo 4 liras en que el alma habla del divino amor que la encierra.

4) Aunque es de Noche, 39 Vasos del Alma. “Que se huelga de conocer a Dios por fe”, ponderando las excelsitudes que alcanza a pesar de no tener la visión directa de Dios en la plenitud de la luz.

Valoración.- 

¿En qué consiste el mérito excepcional de los poemas de San Juan de la Cruz? Aquí, más que en las coplas de Jorge Manrique, más tal vez que en cualquier otra obra es preciso abstenerse de puntualizar, es decir: es aquí donde está el secreto, este es el elemento que vale. Puede precisarse indicaciones muy verdaderas: qué íntima sinceridad, qué fuerza simbólica, qué primorosa lozanía, en la imaginación, qué transfigurarse las palabras (sencillas, obvias), qué prodigioso acierto musical y qué delicadeza, sobre todo, qué milagrosa suavidad. Todo es muy cierto, es indudable, pero queda aún muy lejos de decírnoslo todo. Estamos aquí ante el caso más convincente de la poesía en todo su poder superior: hay en las estrofas de San Juan de la Cruz algo, que eleva sustancialmente esas cualidades literarias para convertirlas en cosas de virtualidad única, suprema; y a los que se obstinan en desconocer el misterio inefable de lo poético, habría que dar a leer estas cuatro maravillas y si no se rinden ante ellas, relegarlos definitivamente entre ciegos incurables. 

Feliz la tierra que ha dado tal hombre; feliz el idioma que ha servido de instrumento de estas piezas extraordinarias que honran la misma especie humana, en particular, hay que precaverse contra la simpleza de atribuir su valor inefable al carácter místico del tema que tratan: “el asumir más alto, la actividad más elevada del espíritu, podría decir un ingenuo, ¿cómo no iba a lograr también la mayor elevación estética?”.

Para no detenernos en subrayar la pueril confusión de los valores en que incurre semejante apreciación nos limitaremos a aducir dos hechos que la disipan por completo.

El primero, es que para ser dominado por el fenómeno de transporte que producen esos poemas, no hace falta advertir su sentido místico sobrenatural. Por eso aún hombres que ignoran esos misterios religiosos, no pueden menos que sentirse avasallados por el poder poético de esas piezas. El segundo hecho es aún más decisivo, y es que las otras 21 canciones de San Juan de la Cruz tratan los mismos temas místicos, algunas más expresamente si cabe y, sin embargo, están lejos de producir nada del arrobo superior que producen las cuatro.Y con esto último queda dicho, además, que San Juan de la Cruz pertenece al desconcertante tipo de los poetas de contraste: nadie que leyese esas 21 piezas querría creer que la mera enunciación doctrinal de casi todas, ni el cierto mérito literario de algunas, pertenezcan al autor del Cántico espiritual o del Aunque es de Noche, y esto no ciertamente porque les falte todo valor artístico, algunas lo tienen en grado notable, sobre todo, el acierto imaginativo y la sobredignidad verbal, sino porque les falta el algo sustancial que transporta a una esfera distinta a las otras cuatro.

David Manangón Cartagena

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